Un proveedor llama un lunes: “Ya recibí el pago, gracias”. El dueño no sabía que se había hecho. Eran $380,000.

Pregunta quién lo autorizó. El gerente dice que lo pidió compras. Compras dice que administración lo aprobó. Administración responde que, como había un pedido, lo pagó.

El problema no necesariamente fue el pago. El problema fue que la empresa no tenía una regla clara para determinar quién podía comprometer $380,000 de caja, quién debía autorizarlo y quién tenía que enterarse antes de ejecutarlo.

Dos formas de operar sin reglas claras

Hay empresas donde el dueño aprueba absolutamente todo, desde un pago menor hasta un contrato importante. En esos casos, la operación termina limitada por su agenda y cualquier ausencia puede detener decisiones que deberían resolverse sin él.

También ocurre lo contrario: nadie tiene claro quién aprueba qué. Cada área decide por costumbre, y las reglas se descubren cuando surge un problema.

Los dos extremos tienen la misma raíz: la autoridad existe, pero no está definida de forma suficiente.

LECTURA JGRP

Una empresa no necesita que el dueño autorice todo para estar controlada. Necesita saber con claridad quién puede decidir, hasta dónde y bajo qué reglas.

Autorizar no es lo mismo que ejecutar

Una de las confusiones más comunes es tratar como si fueran lo mismo solicitar una operación, aprobarla, ejecutarla y registrarla. No lo son.

01Solicitar

Un área identifica la necesidad y propone la operación.

02Autorizar

Otra persona decide si procede y dentro de qué límites.

03Ejecutar

Se firma, se paga o se formaliza la operación.

04Registrar y revisar

Se documenta, contabiliza y verifica que se haya cumplido la regla.

Separar esas funciones reduce errores, mejora la trazabilidad y evita que una sola persona controle todo el ciclo de una operación.

La matriz de autorizaciones

La herramienta puede ser muy sencilla: una matriz que indique, por tipo de decisión, quién propone, quién autoriza, quién ejecuta y hasta qué monto puede hacerlo.

No hace falta empezar con una estructura sofisticada. Primero hay que definir internamente quién puede decidir qué. Después, esas reglas deben coincidir con la realidad: banca electrónica, sistemas, firmas, contratos y poderes.

Con una empresa hipotética de ventas mensuales de $700,000, una matriz podría verse así. Los montos son ilustrativos y cada empresa debe definirlos conforme a su tamaño, operación y nivel de riesgo.

Decisión
Hasta $30,000
$30,001 a $150,000
Más de $150,000
Compras y pagos a proveedores
Gerente de área
Gerente general
Dueño
Gastos fuera de presupuesto
Gerente de área
Gerente general
Dueño
Descuentos y crédito a clientes
Gerente comercial
Gerente general
Dueño
Firma de contratos
Gerente general
Gerente general
Dueño
Préstamos a socios o partes relacionadas
Socios, por escrito
Socios, por escrito
Socios, por escrito
Venta de activos, garantías y avales
Dueño
Dueño
Dueño

No todo depende del monto

El nivel de autorización no siempre debe definirse únicamente por pesos. Hay decisiones que pueden comprometer de forma relevante el patrimonio, la estructura o la relación entre socios y que conviene reservar a un nivel superior, aunque el importe no sea especialmente alto.

Préstamos a socios o partes relacionadas, garantías, avales, venta de activos relevantes, cambios en la estructura de capital o compromisos de largo plazo suelen requerir un tratamiento distinto y una mejor documentación.

La regla general es sencilla: mientras mayor sea el impacto económico, jurídico o patrimonial de una decisión, mayor debería ser el nivel de revisión y autorización.

Qué habría pasado con el pago de $380,000

Con la matriz del ejemplo, un pago de esa magnitud habría requerido autorización del dueño antes de ejecutarse. No porque se desconfíe del equipo, sino porque a partir de cierto nivel la empresa decide que esa operación debe escalar.

Eso no significa que el dueño tenga que revisar todos los pagos. Precisamente para eso existe la matriz: las operaciones ordinarias se resuelven dentro de los límites definidos y sólo las excepciones o los montos relevantes llegan al nivel superior.

La matriz tiene que existir también fuera del papel

Una matriz que dice una cosa, pero cuya banca electrónica permite otra, no resuelve el problema.

Después de definir responsables y límites, hay que revisar que los accesos reales estén alineados: usuarios de banca, límites de transferencias, firmas, permisos del sistema, autorizaciones internas y poderes legales.

Si la política interna reserva ciertas operaciones al dueño, pero otra persona puede ejecutarlas sin restricción en el banco o firmarlas con facultades suficientes, el control existe sólo en el documento.

Por eso conviene confirmar también que los poderes otorgados y la forma de operar jurídicamente sean consistentes con la matriz.

Cómo ponerla en marcha

Implementar una matriz no empieza por llenar una tabla. Primero hay que identificar las decisiones que realmente mueven dinero o riesgo: pagos, contratos, personal, precios, crédito, préstamos, garantías y activos.

Después se definen niveles y responsables de acuerdo con el tamaño real de la empresa. Finalmente, esas reglas se llevan a los sistemas y accesos, se comunican por escrito y se revisan periódicamente, especialmente cuando la empresa crece o cambia su estructura.

El objetivo no es agregar burocracia. Es evitar que cada decisión tenga que improvisarse.

Cuando la matriz ya no basta

Conforme la empresa crece, aparecen decisiones que una matriz por sí sola no resuelve: abrir una sucursal, aceptar un socio, asumir deuda importante, realizar una inversión relevante o decidir cuánto distribuir.

En ese punto puede ser útil establecer un espacio periódico de decisión entre socios y asesores, con información financiera preparada de antemano. Puede ser una reunión trimestral o una estructura más formal, dependiendo del tamaño de la empresa.

La matriz sigue siendo la base, porque si las decisiones ordinarias no están bien resueltas, los dueños terminan usando su tiempo en autorizar trámites en lugar de discutir estrategia.

Perspectiva JGRP

Con frecuencia el dueño sí tiene reglas, pero viven en su cabeza. Sabe qué pagos quiere revisar, qué contratos quiere ver antes de firmarse y qué decisiones no está dispuesto a delegar. El problema es que el resto de la organización no siempre conoce esos límites con la misma claridad.

Ponerlos por escrito permite que los gerentes sepan hasta dónde pueden decidir, que administración sepa qué necesita autorización y que el dueño deje de convertirse en el trámite de toda la empresa.

También mejora algo que empieza a pesar más conforme la empresa crece: la capacidad de explicar cómo se toman las decisiones frente a socios, bancos, inversionistas o posibles compradores.

PERSPECTIVA JGRP

Una empresa madura no es la que tiene más reglas. Es la que sabe quién decide qué y logra que esas reglas funcionen también en la banca, los sistemas y los poderes.

Este contenido tiene fines exclusivamente informativos y no constituye una opinión fiscal, legal, financiera o patrimonial aplicable a un caso particular. La definición de facultades, poderes y niveles de autorización debe analizarse conforme a la estructura y circunstancias específicas de cada empresa.